El sábado siete de marzo, el Trump National Doral Golf Club de Miami fue escenario de algo poco común en la diplomacia hemisférica: doce mandatarios del continente americano reunidos por convocatoria directa del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con un propósito claro y sin ambigüedades. El presidente Luis Abinader fue uno de ellos.
Su presencia no fue circunstancial. República Dominicana llegó a Miami como un actor con peso propio, fruto de años de política exterior consistente, de una relación cultivada pacientemente con Washington y de un liderazgo regional que hoy rinde sus primeros frutos visibles. Abinader no fue un invitado de cortesía: fue uno de los doce fundadores de lo que la Casa Blanca denominó el "Escudo de las Américas".
La cumbre giró en torno a tres ejes fundamentales. El primero y más urgente fue la creación de una coalición de seguridad hemisférica para combatir el narcotráfico, los cárteles y el crimen organizado transnacional. El segundo fue la migración irregular, un tema que toca directamente a República Dominicana tanto por su frontera con Haití como por la diáspora dominicana en Estados Unidos. El tercero fue la contención de la influencia de China en América Latina, un elemento de geopolítica mayor que define cada vez más las alianzas regionales.
La jornada culminó con la firma de una declaración conjunta que establece líneas de acción y canales de diálogo entre los gobiernos participantes.
Para el ciudadano dominicano común, todo esto puede sonar distante, como una conversación entre poderosos que ocurre lejos de San Cristóbal o Santiago. Pero las implicaciones son más cercanas de lo que parecen. Un hemisferio con mayor cooperación en seguridad significa menos rutas para el tráfico de armas y drogas que atraviesan el Caribe. Significa inteligencia compartida que puede llegar a las calles de nuestras ciudades. Significa que cuando un presidente dominicano levanta el teléfono en Washington, alguien lo atiende con atención real.
Abinader regresó al país con algo que no siempre es tangible pero que en política vale mucho: presencia en la mesa donde se toman las decisiones. Lo que se firmó en Miami es, por ahora, un marco de intención ambicioso. La historia juzgará esta coalición por sus resultados concretos, no por el brillo del escenario donde nació. Pero comenzar bien, con aliados sólidos y compromisos claros, siempre es mejor que no comenzar.
República Dominicana estuvo ahí. Y eso, en política internacional, nunca es poca cosa.

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