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miércoles, 11 de febrero de 2026

República Dominicana habla de innovación, pero forma pocos científicos e ingenieros


En el debate público dominicano se repiten con frecuencia conceptos como innovación, transformación digital, nearshoring, industria 4.0 y economía del conocimiento. El país proyecta una narrativa de modernización productiva y de inserción en cadenas globales de valor. Sin embargo, cuando se revisan los datos oficiales de matrícula universitaria del Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (MESCyT) correspondientes a 2024, surge una brecha evidente entre el discurso y la estructura real del sistema de educación superior.


La matrícula total universitaria en República Dominicana alcanza los 520,524 estudiantes. De ese total, el 66 % son mujeres y el 34 % hombres, lo que refleja una feminización sostenida del sistema, positiva en términos de acceso y equidad. No obstante, la distribución por áreas de estudio muestra un patrón que plantea interrogantes estratégicas: las carreras STEM —Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas— representan menos del 17 % del total de estudiantes.


Si se agrupan las áreas directamente vinculadas a STEM según la clasificación oficial, el panorama es el siguiente: Ingeniería, industria y construcción concentra 43,483 estudiantes; Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), 39,800; y Ciencias Naturales, Matemáticas y Estadística apenas 3,584. En conjunto suman aproximadamente 86,800 estudiantes. En otras palabras, más de ocho de cada diez universitarios dominicanos no se están formando en áreas científicas o tecnológicas.


Este dato no es abstracto. Tiene implicaciones directas sobre la capacidad del país para innovar, reducir dependencia tecnológica externa, atraer inversión de alto valor agregado y fortalecer su competitividad regional. Una economía que aspira a sofisticar su matriz productiva necesita capital humano especializado en disciplinas técnicas. Sin una base sólida de ingenieros, científicos y tecnólogos, la transformación productiva queda limitada al plano declarativo.


El eslabón más débil del sistema está en las ciencias básicas. Las Ciencias Naturales, Matemáticas y Estadística reúnen apenas 3,584 estudiantes en todo el país, una cifra marginal dentro del conjunto universitario. Estas áreas constituyen la base de la investigación científica, la innovación tecnológica y la formación avanzada. Sin ciencias básicas robustas no puede haber ingeniería sólida ni desarrollo tecnológico sostenible. La debilidad en este núcleo compromete el potencial de crecimiento a largo plazo.


Las TIC, con 39,800 estudiantes, representan un volumen relevante pero aún insuficiente para un país que apuesta por la digitalización del Estado, la expansión de los servicios financieros digitales, el comercio electrónico y la atracción de empresas tecnológicas bajo esquemas de nearshoring. Además, esta área presenta una de las brechas de género más marcadas: solo el 19 % de sus estudiantes son mujeres. En un sistema universitario mayoritariamente femenino, la baja participación de mujeres en tecnología revela un problema estructural de orientación vocacional y percepción social.


En ingeniería, industria y construcción hay 43,483 estudiantes, con un 65 % de hombres. Aunque estas carreras han crecido en la última década, su expansión es lenta en relación con las necesidades del país en infraestructura, energía, manufactura, logística y desarrollo industrial. Persisten percepciones de que son programas largos, exigentes y de alto riesgo académico. A esto se suma una señal ambigua del mercado laboral: mientras empresas tecnológicas, zonas francas, constructoras y firmas especializadas reportan dificultades para encontrar talento técnico calificado, los salarios iniciales en algunas áreas STEM no siempre compensan el esfuerzo académico requerido. Esta desconexión desalienta vocaciones y refuerza la idea de que “no vale la pena” asumir una carrera científica o tecnológica.


En contraste, las áreas tradicionales concentran la mayor parte del estudiantado. Administración, Derecho y Ciencias Políticas suman 123,448 estudiantes, constituyéndose en el bloque dominante del sistema. Carreras como Administración de Empresas, Contabilidad, Derecho, Mercadeo y Relaciones Internacionales mantienen alta demanda por su percepción de accesibilidad, trayectorias laborales conocidas y compatibilidad con el trabajo mientras se estudia.


Salud y bienestar reúne 93,533 estudiantes. Medicina, Enfermería, Psicología y Odontología gozan de prestigio social y vocaciones claras. Educación, por su parte, concentra 54,030 estudiantes, impulsada por políticas públicas y la demanda estructural del sistema escolar. Estas áreas cumplen funciones esenciales y tienen alto valor social y económico. El problema no radica en su existencia ni en su expansión, sino en su peso relativo frente a las disciplinas técnicas y científicas estratégicas.


La estructura universitaria dominicana es mayoritaria, pero no necesariamente estratégica. Ha logrado ampliar el acceso, diversificar la oferta y feminizar la matrícula. El siguiente paso es alinear el sistema con el proyecto de desarrollo que el país declara perseguir. La cuestión no es si República Dominicana necesita más ingenieros, científicos y tecnólogos. La cuestión es si está dispuesta a crear las condiciones para formarlos: fortalecer la enseñanza de matemáticas y ciencias desde la educación preuniversitaria, ofrecer incentivos económicos y académicos, articular universidad y sector productivo, y elevar la percepción social de estas disciplinas.


En un contexto global donde el conocimiento técnico define el poder económico, mantener las carreras STEM por debajo del 20 % de la matrícula universitaria limita la capacidad de transformación estructural. Si el país aspira a consolidarse como hub regional de servicios, manufactura avanzada y tecnología, la política educativa debe convertirse en política industrial. De lo contrario, la brecha entre el discurso de modernización y la realidad formativa seguirá ampliándose, con costos concretos para la competitividad y la soberanía tecnológica nacional.



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